martes, 29 de enero de 2013

37 años después




El abuelo murió el 19 de mayo de 1975 llevándose con él todo el dolor de los años pasados en prisión. Se llevó su historia, pues a nadie más que a él pertenecía. Jamás quiso compartirla, por lo que sin contar a mi abuela que le sobrevivió bastantes años y nunca quiso hablar, ni mi padre ni sus hermanos eran conocedores de lo ocurrido.

Aparte de ellos, no quedaba nadie vivo a quien preguntar. Alguien que pudiera aportar algo de luz para vislumbrar, aunque fuera por una pequeña rendija, ese pasado silencioso del abuelo.

Después de 37 años sin él, pero conviviendo día tras día con su memoria, llegó un día en que me decidí a sacudir los recuerdos. Volví a interrogar a mi padre y sus respuestas fueron escuetas, distantes y veloces. Querían escapar, refugiarse en la desgraciada infancia de un niño de la guerra.

Lo primero que hice fue solicitar ayuda a la  ARMH de Cuenca. Nunca hubo respuesta. Pregunté a amigos, a contactos de las redes sociales que se ocupaban de estos asuntos de la “desmemoria”. Paco Jerez de Todos los rostros y Pedro Peinado de La Gavilla verde me tendieron los primeros puentes que me animaron a cruzar las montañas del pasado.

Así fue como me senté para escribir sobre ello en un intento de concretar los datos con los que contaba y trazar la línea de actuación en busca de información. Sabía que mi abuelo había estado encarcelado tras la guerra; que posiblemente había sido denunciado por un vecino del pueblo con el apoyo del cura, como venía siendo habitual; que durante el tiempo de encarcelamiento mi abuela iba a verle todas las semanas; que tan solo una vez mi padre fue a visitarle a la Prisión Provincial de Cuenca, el día de la Merced, fecha en la que permitían el acceso a los hijos de los reclusos (esto lo supe más tarde).

No sabía cuándo le detuvieron, cual fue la acusación, cuánto tiempo había pasado en prisión, ni dónde le habían llevado antes de encerrarle en la de Cuenca. El recuerdo de la prisión del Monasterio de Uclés y la posibilidad de que antes hubiera estado allí, sacudía mi corazón con un latigazo de dolor.

Sabía tan poco. ¿Por dónde comenzar?

Acudí en busca de la última carta que me envió el abuelo. Tenía fecha de 9 de mayo de 1975, diez días antes de morir. Me decía que estaba deseando que pasáramos el verano juntos y hacía planes para entonces. Fue como un detonante. Recuerdo que mientras me secaba las lágrimas le hablaba: “Verás abuelo, yo también tengo planes. Tengo un plan y este va a consistir en averiguar que pasó contigo en esa cárcel franquista y porque te llevaron a ella. Ese es mi plan para los próximos años. Y no sólo lo haré por mí y mi necesidad de saber. Lo haré por ti, por papá y por mi hija, para que no olvide”


*


Lunes, 14 de Enero de 2013.

Lo primero que he conseguido averiguar es que  Cuenca  pertenecía  a la  Jurisdicción  Central de  la  Armada,  con sede en Madrid. En su Archivo Histórico se conserva la documentación relativa a los juicios militares hasta 1953.  La  posterior  se encuentra bajo el control del Tribunal Militar Territorial Primero, en el Archivo General e Histórico de la Defensa en Madrid.

En relación con los procedimientos judiciales seguidos por la Jurisdicción del Ejército de Tierra, el TMT 1º los mantuvo repartidos en diversos depósitos situados en Madrid, Valencia, Alicante, Castellón y Cartagena hasta finales del año 2008, fecha en la que se inició su traslado y concentración en Madrid. Desde  junio de 2009, el TMT 1º ha autorizado la libre consulta de dichos fondos en el Archivo General e Histórico de la Defensa.

Ya tengo algo por lo que comenzar, por lo que encamino mis pasos en la búsqueda de datos sobre ese archivo. Se puede localizar a través de la página del Ministerio de Cultura. Tras varios intentos fallidos consigo acceder a un extenso documento denominado «Procedimientos judiciales incoados por la Justicia Militar a raíz de la Guerra Civil y durante la etapa franquista bajo responsabilidad del Tribunal Militar Territorial Primero». Se encuentra dividido en cuatro listados ordenados alfabéticamente (A-D; E-K; L-P y Q-Z), que incluyen varios campos como apellidos y nombre de la persona encausada, fondo al que pertenece (provincia de encausamiento), número de sumario o causa original, signatura actual de la documentación (legajo o caja y expediente dentro de la misma) así como si la documentación se encuentra digitalizada o no.

Examino los apellidos que comienzan con la letra T. Integran un listado interminable de 2.127 páginas que sólo comprende los apellidos de la Q a la Z. Hay algunos expedientes que no tienen ni apellidos, tan solo un nombre, o lo que es peor, un apodo. Cuando llego a la página 1.625 mi ritmo cardiaco ha aumentado demasiado. Allí, casi al inicio, leo: «Torres Barranco, Antonio». Debe tratarse de un error, ya que el nombre del abuelo es Arturo. Compruebo que no hay error ya que los datos de él se encuentran una línea más abajo. Por fin tengo el número de sumario y el lugar donde se encuentra custodiado.

Buscaba a uno y he encontrado a dos. Antonio debe ser el hermano del abuelo. Mañana lo contrastaré con mi padre y también mañana llamaré al Archivo de Defensa. Necesito ver esos sumarios cuanto antes. Después de 37 años ya no puedo esperar más.

Sé que acabo de dar un paso gigante, sólo que ahora existen más preguntas.


María Torres
Nieta de un republicano español



martes, 22 de enero de 2013

1. El abuelo. Primeras preguntas



"Cuando leí las palabras de Kafka que presiden este texto (¿Qué llevo sobre los hombros? ¿Qué fantasmas me envuelven como una capa?) entendí de que se trataba, que impulsos profundos me empujaban a abordar unas cuestiones de las que nada sabía”. (José Andrés Rojo, “Vicente Rojo. Retrato de un general republicano”)



Me enteré que el abuelo había estado en prisión siendo muy niña. Por aquel entonces yo no sabía nada de la Guerra, la represión, ni de la mano del infame que meció ambas por el camino del desamparo y la tragedia.

Rescaté la frase que me desvelaba una parte del pasado del abuelo de una conversación de mayores y la atesoré como el mayor de los secretos, junto al espacio guardado para las preguntas. Allí permaneció durante varios años, creciendo, madurando conmigo y preparándose para salir a la hostil trinchera de la vida.


Muchas veces la curiosidad se asomó al precipicio de mi lengua cuando acompañaba al abuelo en sus quehaceres cotidianos, en las calurosas tardes sin siesta que él cambiaba por la lectura de la única prensa que llegaba al pueblo -el diario “Ya”-, en los paseos al solaz de la tarde, en las tertulias que compartía todos los domingos con su entrañable amigo Julián, para todos conocido como “Tío Julianete” posiblemente por su menuda complexión física, mientras yo jugando con cualquier cosa, le observaba por el rabillo del ojo, henchida de orgullo al contemplarle. Cada movimiento de mis párpados era una pregunta que nunca fue formulada, no por ganas ni miedo, pero intuía que si el abuelo que todo me lo contaba, que era capaz de inventarse cuentos, leyendas, cigüeñas-conejos y todo tipo de fábulas para mí, nunca me había hablado de ello, era por algún motivo superior. A mis siete años estaba convencida que sólo los malos terminaban en la cárcel, pero el abuelo era bueno y a pesar de ello estuvo preso.


En la adolescencia recibí un pequeño anticipo como respuesta por parte de la familia. Me contaron que el abuelo acabó en la cárcel al terminar la Guerra porque un amigo y vecino le había denunciado por no ir a la Iglesia. Incluso me dieron el nombre del acusador, Eugenio, “el cojo tramillones”, al que yo conocí como cartero del pueblo y coloqué desde aquel momento en la lista de los malos, retirándole el saludo.


Aquella escueta explicación no encajaba en mi estructura mental de entonces por dos motivos. El primero era que el abuelo hablaba con el supuesto delator con frecuencia y cordialidad y en cuanto al segundo, si bien era cierto que el abuelo no acudía a la Iglesia regularmente, es más, creo recordar que tan solo lo hacía en los primeros días de septiembre durante el novenario a la patrona de su pueblo, yo había presenciado en mis estancias estivales que cada día, a la caída de la tarde, rezaba al fresco el rosario en compañía de la abuela y algún vecino más, como don Arturo, el médico, que junto a su esposa jamás faltó a la cita del rezo diario mientras permaneció en el pueblo. Este acto al que yo asistía como mera espectadora adquiría para mí un magnetismo especial cuando después de terminados los misterios, el abuelo abría un pequeño libro de cantos dorados que sostenía entre sus manos y comenzaba a recitar las letanías que eran respondidas con extrema celeridad por los que allí se congregaban. Aquellas escuetas frases tenían para mí un efecto hipnotizador y casi sin ser consciente de ello me descubría verbalizando las respuestas como si de un mantra se tratara.


El abuelo murió el 19 de mayo de 1975, cuando le quedaban unos meses para cumplir ochenta años y antes de que el pequeño dictador abandonara la vida que nunca debió acogerle. Murió sin ver cumplido uno de sus deseos y que no era otro que celebrar su ochenta aniversario rodeado de toda la familia. Se llevó con él todo el dolor de los años pasados en prisión y la humillación a la que debieron someterlo tras su “libertad”. Se fue sin decirme con su voz y sus palabras aquello que siempre he querido saber, llevándose su historia, que aunque a nadie más que a él pertenecía, también era parte de la mía, y debía recuperarla no solo por mí, también por mi padre y sobre todo por Jimena, mi hija, para que nunca olvide.


Diez días antes de morir y apenas tres días antes de ponerse enfermo me escribió una carta en la que me decía que estaba deseando que pasáramos el verano juntos y hacía planes para entonces. El verano llegó, pero ya nada fue igual. Aún hoy, casi treinta y ocho años después sigo pensando que nunca existirán veranos como aquellos que compartí con mi abuelo.


Cuando murió yo ya era una adolescente y con la llegada de eso que llaman democracia, comencé a comprender muchas cosas y a preguntarme el doble de lo que entendía. Intuía que el encarcelamiento le generó al abuelo y a toda la familia un sufrimiento de por vida que habitaba escondido en todos los pliegues del alma de cada uno de sus miembros. También intuía que este hecho había marcado la existencia de mi padre de forma significativa. También marcó la mía, aunque esto tardé tiempo en descubrirlo.


Después de 37 años sin él, pero sin dejar de pensarle y sentirle, llegó un día en que me decidí a sacudir los recuerdos. Volví a interrogar a mi padre y sus tímidas respuestas parecían querer escapar, refugiarse en el olvido y la desgraciada infancia de un niño de la guerra lleno de cicatrices en la piel de la memoria, pero yo sabía, casi con absoluta certeza que algún día, conocería la verdad.


Así fue como comencé una batalla contra la desmemoria con el fin de averiguar cuándo, cómo, quién y por qué.



María Torres
Nieta de un republicano español